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La comunidad sorda hace referencia al tejido social formado por personas que comparten experiencias y objetivos comunes; también implica la conciencia de una identidad individual y colectiva concreta que genera un compromiso de cooperación con el grupo de una u otra forma.

Esto desemboca en una forma de percibir y de vivir el mundo diferente siendo, una de las principales respuestas que las personas sordas dan a su propia situación la lengua de signos, una interesante aportación que contribuye a la diversidad cultural de la especie humana.

La lengua de signos representa una adaptación creativa a una limitación sensorial transformando los recursos existentes en potencial para la comunicación, desarrollando estrategias alternativas a través de una modalidad visual de comunicación. En definitiva, es una respuesta de carácter sociocultural y lingüístico a un fenómeno biológico.

Cuando hablamos de comunidad no podemos olvidar la cultura sorda. La cultura sorda se caracteriza por un modo especial de relación con el mundo y acceso a la realidad.

La cultura visual incluye tanto creencias, valores, tradiciones como producciones culturales tales como poesía en lengua de signos, teatro, mimo, canciones signadas, cuentos, etc.

Históricamente las personas sordas han creado una identidad diferenciada que a través de las entidades de personas sordas han trasladado al plano ideológico como medio de reafirmación de la identidad colectiva y de recuperación de la autoestima. La reivindicación de los derechos de ciudadanía para las personas sordas se articula en torno a cuatro ideas-fuerza: comunidad, lengua, cultura e identidad.


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